En mayo de este año me pasó algo muy raro que después escribí en mi muro aquí en facebook. A continuación, pueden leer lo que me pasó. Quisiera que los miembros me den su opinión sobre el cuento.
COSAS QUE ME PASAN
(Una historia verdadera)
Siempre que llueva, escampa. Así asegura el dicho, pero hace unos cuatro horas tenía mis dudas. Ya que me siento mejor, y hasta diría sosegado, quiero contar los sucesos atemorizantes que, por alrededor de una hora, me atenazaron.
Por las mañanas mi mujer, Leslie, suele pedirme que le prepare un café y esta tarde después de un desayuno tardío que nos había preparado ella, me pidió el café y como de costumbre y con mucho gusto, se lo hice. En realidad, dudo que mi café sea algo fuera del mundo, pero a Leslie le encanta que se lo entregue al desnudo.
Regresé al dormitorio, le entregué el café y agarré mi Kindle de su recoveco habitual en la cabecera de la cama para ponerme a continuar una lectura prolongada, pues el libro es un tomo con unas 700 páginas y, según el Kindle, he alcanzado apenas al 72 por ciento. La lectura ha sido algo pesada, ya que es un cuento histórico, o como dicen -basado en la realidad- pero tiene sus momentos agradables, y me parecía que estaba llegando lo mejor o, al menos, el meollo del cuento, porque de repente se había vuelto mucho más absorbente y, se me estaban pegando las ganas de terminarlo de una vez.
Me senté al borde de la cama, mientras Leslie se sentaba en su butacón reclinable favorito y sorbía de su todavía humeante café. De pronto, allí mismo, todavía sentado a la orilla de la cama, sentí un repentino frío gélido y bestial. ¡Fue terrible y provino de la nada: no lo acompañaba ni una ráfaga, ni siquiera una brisita, sino solamente un frío glacial que me penetraba hasta los huesos. Me giré hacia Leslie y le pregunté si tenía frío y vi que se había arropado bien en su albornoz color de crema.
—Sigo diciéndote que hace frío en este cuarto. Sí, tengo mucho frío—dijo ella, pero por ser ella tan friolenta, intuía que no se refería al mismo frío insólito que me empezaba a azotar en ese momento.
Entonces, como no cesaba la sensación del frío y hasta se había intensificado, alcé la manta y la sobrecama, y me acosté debajo de ellas. Así y todo, seguía teniendo frío, mucho frío, y me empezó a temblar, incontrolablemente, todo el cuerpo. ¡Hasta se me castañeteaban los dientes! Percatándose de que yo pasaba un trance anormal, Leslie se ofreció a traerme más mantas.
—Sí, pero primero tengo que ir a mear. Después, me las pones, ¿sí?—le repuse, pero al tratar de incorporarme, resultó que casi no podía. Me quedé allí acostado boca arriba bajo las mantas, tiritando irrefrenablemente de la cabeza hasta los pies. —¿Qué diablos me está pasando?—grité, aterrado.
El frío se hacía más fuerte y los tembleques más seguidos, tanto así que, paulatinamente, pasaron de simplemente fastidiosos a fatigosos y después a un dolor abrumador que me tenía al punto de romper a llorar. Sobre todo, me dolían los músculos de la región lumbar que después de tantas constricciones ya no podían más. También los músculos estomacales sentían como si hubiera estado en el gimnasio y hecho miles de abdominales. Sin embargo, la urgencia de orinar se imponía exigente y, por fin resuelto, recabé las fuerzas y salté de la cama, aprisa y mareado, y me dirigí con cautela hacia el baño. Me paré frente al excusado y di rienda suelta a esas necesidades, pero sentí como enflaquecían mis fuerzas y temí que me fuera a desmayar. Puse la mano sobre la tapadera del inodoro para ayudarme a sostener mi peso y, endeble y al punto de desplomarme, terminé de orinar, pero no sabía si pudiera volver a llegar hasta la cama.
Gracias a Dios, logré alcanzar la cama y me metí de nuevo, todavía tiritando y adolorido, bajo las mantas. Como lo había prometido, Leslie me trajo varias cobijas más y con ellas me arropó todo lo que podía, pero mi cuerpo nunca dejó de temblar. Después, me trajo un cojincillo calentador eléctrico y lo echó debajo de las cobijas conmigo. Aun así, el frío y las oleadas incesantes de temblores no dejaban de atormentarme. Por consiguiente, me trajo cinco o seis pastillas de aceite de hígado de bacalao y una infusión de un té cargada de la vitamina C. Me tuvo que levantar la cabeza para que pudiera tomarlas, puesto que aún me costó mucho trabajo incorporarme.
—¿Te traigo otra cosa, mi amor?—me preguntó, siempre tan amable y abnegada. La verdad es que, en ese momento, yo tenía tanto miedo de que la situación se fuera a agravar que no quería que me dejara solo, pero a regañadientes dejé que volviera a su butacón. Me quedé allí, debajo de las numerosas cobijas, temblando fuera de control, triste, apenado y adolorido.
—¡Si tan sólo pudiera dormir! ¡Si pudiera conciliar el sueño!—me decía una y otra vez, pero dudaba que los retortijones y el dolor radicado en la región lumbar me fueran a permitir ese lujo.
Como es de imaginarse, no tengo ni idea de cuándo por fin me quedé dormido (¿o desmayado?). Sólo sé que de pronto me despertaba (¿o recobraba a él conocimiento?). Abrí los ojos y miré el desmesurado reloj que tenemos colgado en la pared del dormitorio. Se habían pasado tres horas. Me di cuenta de que el cuerpo ya no me temblaba y, es más, tenía tanto calor que, de un golpe muy recio, me quité todas las mantas y con un movimiento hábil me incorporé, me giré, puse los pies en el piso, y allí estaba otra vez, sentado al borde de la cama. Confirmé que mi adorada esposa seguía allí sentada en su butacón.
—¡Gracias por tus atenciones, mi amor. Parece que me has curado. ¡Dios mío! ¿Qué diablos fue eso que me pasaba?
—¿No te das cuenta de que eso te pasa cada dos o tres años, Earl? Es algo muy extraño que te llega, sufres un par de horas, y se te va.
—Ahora que lo dices, sí recuerdo haberlo sufrido antes, pero, ¿es tan frecuente?
—Sí. Ya te lo dije, te pasa como cada dos años, más o menos.
Me quedé anonadado. ¿De veras, esto me pasa con tanta frecuencia?, pensaba. Hice memoria, pero solamente conseguí recordar una vez pasada que esto me había acaecido. Recordé que aquella vez, igual que ésta, Leslie me había atendido, igual de cariñosamente, como lo acababa de hacer hoy. ¡Qué afortunado soy! ¡Tener a mi lado una mujer tan atenta y afectuosa es una bendición! ¿Qué habría hecho si no estuviera?
—¿Sabes qué, mi amor? Hace varios días que pienso escribir algo. Me hace falta escribir, no más para practicar mi español. Tengo el convencimiento de que no escribo lo suficiente. Creo que voy a contar esto que me acaba de pasar. Puede ser de interés. ¿Qué te parece?
—Será aburrido, pero allá tú, mi amor. ¡Allá tú!